La redención de Enzo

19:48


“Toma a tu hijo único, el que tanto amas, a Isaac; ve a la región de Moriá, y ofrécelo en sacrificio sobre la montaña que yo te indicaré.”

Abraham erigió un altar, dispuso la leña, ató a su hijo Isaac, y lo puso sobre el altar encima de la leña…
Eh, no me desconectéis todavía que aquí el primer ateo soy yo, pero no me negaréis que como historia la Biblia es un filón. Además, el sacrifico de Isaac me viene de perlas para intentar explicaros el rol de Enzo Pérez en este Valencia. 

Nos hemos malacostumbrado a ver al argentino actuando de mediocentro defensivo cuando realmente siempre ha sido un interior con recorrido que terminó de brillar cuando centraron su posición. Jorge Jesus le metió en el medio de su equipo para sacarle de la mediocridad que exhibía en banda y en Portugal pudieron disfrutar de un centrocampista de película que en Mestalla solo hemos podido disfrutar por fotogramas, pese a haber pagado una entrada de lujo para poder ver la peli. 
El tridente Fuego-Parejo-Gomes se asentó de tal manera que Enzo no fue capaz de encontrar su sitio dentro del campo. Sin el posicionamiento táctico del asturiano, ni la visión de juego de Dani, el ex de Benfica tenía difícil encaje en un esquema distinto al 4-4-2 de doble pivote que tan bien asimilaba sus box-to-box. Aún así, los destellos de garra y raza que exhibía en Mestalla le hicieron ganarse la simpatía de una afición que terminó de prendarse de él cuando los acordes europeos volvieron al templo. 

La eliminatoria frente al Mónaco supuso un antes y un después en su relación con el club. La salida de Otamendi y la bajada de nivel de Javi Fuego obligaron al argentino a incrustarse entre los centrales para salvar la papeleta y el despliegue físico que mostró en ambos partidos fue sublime. Su resistencia y su fuerza le hacían asemejarse a un ente omnipotente que llegaba a todo y a todos cuando la realidad nos dictaba que, simplemente, suplía su falta de posicionamiento táctico con un físico envidiable. Pasión latina al servicio de Mestalla. Y eso a la afición le pone. Igual que nos ponía ver a Albelda salirse de zona sprintando para llegar a un balón intranscendente. O a Jaume pegarse una palomita cuando el balón pasa a 20 metros del arco. Cosas nuestras. 

Desde esa eliminatoria hemos interiorizado a Enzo como nuestro centrocampista defensivo y le hemos achacado pérdidas de posición, de balón y de estribos. Dios bendiga la amarilla nuestra de cada partido. Llega tarde demasiadas veces, deja espacios inconcebibles para su posición, comete faltas de parbulario y, en más de una ocasión, ha dejado al equipo con diez jugadores sobre el verde. Demasiados errores para ser el titular si no fuera porque la alternativa es Mario Suárez. Alabado sea Voro por iluminarnos y sacarlo del once. Y pese a jugar fuera de posición, se ha ganado el favor de Mestalla hasta el punto de portar el brazalete de capitán. Y aún así, ahora lo quieren vender. 

El Ángel le dijo: “No pongas tu mano sobre el muchacho ni le hagas ningún daño. Ahora sé que temes a Dios, porque no me has negado ni siquiera a tu hijo único”



Enzo es nuestro Abraham. Ha sacrificado sus mejores virtudes por ayudar al equipo, por suplir las carencias de planificación de una dirección deportiva inexistente que se arrodillaba ante los designios de un hombre que no entiende ni de posiciones, ni de necesidades deportivas. Lo hemos matado metiéndolo entre los centrales y ahora, encima, exigimos que no haya muerto como nosotros queríamos. Fichemos a un mediocentro defensivo y dejemos de maltratar a jugadores que luego maldecimos porque triunfan en otros equipos. Quizá deberíamos empezar a plantearnos que estamos haciendo mal aquí para que ninguno termine de cuajar. Quizá deberíamos aprender a tratarlos. Ni mejor ni peor, pero de forma diferente. Padre, perdone sus pecados. Démosle la redención a Enzo.

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